Búsqueda de la belleza con secuelas extremas

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A lo largo de los años, las mujeres latinoamericanas se han caracterizado por gozar de siluetas voluptuosas. Han establecido, si se quiere, el parámetro del ‘cuerpo perfecto’ de los famosos 90-60-90. República Dominicana no es la excepción, y es por ello que cada vez es más frecuente recurrir a una “ayudadita” de manos de un cirujano plástico, con la finalidad de lograr la tan deseada figura.

Esto puede ser una solución fácil y rápida; sin embargo, no todo es color de rosa. Los precios de estas intervenciones quirúrgicas rondan los miles de dólares, convirtiéndolas en inasequibles para un gran número de personas. Por consiguiente, esto provoca la búsqueda de una solución alterna, que tenga los mismos efectos, pero mucho más económica y, es ahí donde emerge el negocio de los biopolímeros, que son sustancias no compatibles con el organismo humano, utilizadas como método de relleno y aumento de diversas partes del cuerpo.

Están hechos a base de elementos como silicona líquida, derivados de la parafina, aceites e incluso materiales no aptos para las personas. Las reacciones generadas por el uso de estos componentes, son diversas: enrojecimiento de la zona, procesos inflamatorios, fístulas, encapsulación, alógeno externo, migración del material, y en el peor de los casos, necrosis del tejido. En ocasiones, este producto es aplicado por personas sin experiencia que se hacen llamar profesionales, quienes, en su mayoría, omiten el nombre y las secuelas que esta práctica trae consigo. Así coinciden en destacar algunos expertos. Entienden que estos venden la historia perfecta de que se trata de una sustancia inofensiva, y sobre todo, mucho menos costosa que una cirugía estética convencional.

Papel de la mente
Desde el punto de vista psicológico, no existe la necesidad de un trastorno para apelar a una cirugía estética, puesto que a veces el objetivo es simplemente mejorar la apariencia para sentirse más a gusto con el físico.

Sin embargo, en el caso de la dismorfia corporal, este es un trastorno caracterizado por la preocupación obsesiva por un desperfecto percibido en las características físicas, y que puede ser un factor presente en pacientes de cirugías plástica.

“Es necesaria la evaluación del estado mental de la persona antes de cualquier incisión, para determinar si existe alguna perturbación, y de ser el caso, tratarlo, aunque más adelante el paciente decida realizársela”, resalta Jatnna Ortiz, experta en conducta humana.

Para José González, psicólogo clínico, la estima que tenga una persona de sí misma depende a veces de su imagen corporal. Si el individuo tiene una autoestima baja, es probable que esto influya en la toma de decisión de realizarse alguna intervención estético-quirúrgica.

No obstante, la baja autoestima y las cirugías plásticas no necesariamente están correlacionadas; no en todos los casos esta lleve a someterse a este tipo de procedimientos, agrega. “Por naturaleza, los seres humanos nos vemos como seres incompletos y con defectos, es por ello que frecuentemente se recurre a la cirugía, con la esperanza de mejorar esas imperfecciones, aunque muchas veces eso no cambia, porque los defectos están en la psiquis y no en el físico”, expresa González.

De acuerdo con el psicólogo, en ocasiones las personas que utilizan sustancias como los biopolímeros conocen el daño que puede causar. Sin embargo, manipulan y sugestionan al paciente diciendo que esta funcionará, advirtiendo que puede tener efectos secundarios, pero que no afectará la salud del paciente.

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